EL PROYECTO

DE JESÚS
(una aproximación)


Tomado de Alain Patin
(La Aventura

de Jesús de Nazaret)

Editado por V.Amarís


¿Qué quería?

Para describir lo que quería Jesús hay que apoyarse a la vez en sus palabras y en sus actitudes, en aquello por lo que optó y en lo que rechazó. En este punto, más que en los demás, las primeras comunidades han retenido, subrayado y coloreado según sus necesidades, lo que ellas captaban del proyecto de Jesús: tendremos que mantenernos atentos a esta observación.

-Reunir a todos las personas en el movimiento del Reino

Jesús toma los medios más adecuados para reunir al mayor número posible de personas en el movimiento del Reino: proclama por todas partes la Buena Noticia (1), se dirige a las multitudes y no a un grupo de iniciados (2), quiere incidir en todas las categorías de su época; nadie queda excluido de su llamada a reunirse; más aún, El mismo se desplaza para llegar hasta los más maltratados, los que sufren bajo el peso de la vida o de sus pecados (3) y para lograr que también ellos entren en la reunión; dirige su invitación a los individuos que encuentra, pero también a las ciudades y pueblos tomados en conjunto y se extraña de su respuesta negativa (4). Manifiesta, sin embargo, una paciencia a toda prueba y alienta a sus discípulos para que hagan lo mismo cuando les cuenta, por ejemplo la parábola del trigo y la cizaña (5) o la de la higuera estéril (6): antes de pronunciar un juicio definitivo hay que tener una enorme paciencia. Siempre con un mismo anhelo: expresarse de manera que todos puedan comprender; por eso las parábolas están sacadas, todas ellas, de la vida cotidiana. Habla también por sus actos: curaciones y perdón hacen libre a la gente para que puedan unirse al Reino. La invitación está lanzada a todos los vientos, no se pueden diferir las decisiones para mañana: palabras incisivas, actos provocadores, todo incita a tomar partido ahora mismo. Esperando no se sabe a qué, en vez de decidirse, se corre el peligro de quedar fuera de la gran asamblea, fuera de la vida nueva ofrecida a todos.

Por lo demás, este Reino es algo hecho de antemano: no es un lugar en el que estar, ni una recompensa que se puede ganar. Jesús rehusa ser rey a la manera de los hombres (7); desconfía cuando se pretende dar al Reino contornos demasiado precisos en el espacio y en el tiempo (8): su Reino no es de este mundo (9). Jesús subraya la idea de que el Reino es una realidad que hay que acoger; y a partir de ese momento un nuevo universo podrá construirse, pero habrá que romper con muchos egoísmos y superar muchos obstáculos para realizarlo. Por eso Jesús tiene conciencia de que su mensaje de unidad no traerá necesariamente la paz (10).

-Iniciar los últimos tiempos de la humanidad

Al incitar a reunirse en el Reino, Jesús declara que con El se inaugura un período nuevo de la humanidad: «los últimos tiempos». Los testigos entendieron estas palabras como el anuncio de un final muy cercano: esperaban el advenimiento del mundo nuevo en aquella misma generación o en la siguiente (11), pero de hecho no sucedió como lo esperaban. ¿Que pasaba?

Aparte de algunas alusiones poco claras durante la vida de Jesús, los Evangelios colocan estos anuncios en los últimos días de la vida de Jesús, en la época de sus más vivas discusiones con sus enemigos; se presentan, pues, como palabras de esperanza dirigidas a los discípulos (12). Evocan un cataclismo que afectará a todo el universo y que traerá consigo el establecimiento definitivo del Reino y la «vuelta» de Cristo triunfante entre los suyos. Estos «anuncios» requieren en el lector un particular esfuerzo de comprensión: tras las palabras hay un mensaje más profundo (13) que hay que descubrir.

El sol y la luna se oscurecerán, las estrellas caerán, terremotos, guerras, hambres desolarán la tierra: es una manera habitual de expresarse en el pueblo judío de aquella época para manifestar su convencimiento de que Dios interviene en el mundo y que Dios es tan grande que su intervención provoca necesariamente un trastorno universal. Muchos libros intentan describirlo. Jesús no hace más que usar las imágenes usuales entre las gentes cuando quieren decir que Dios les va a visitar y a traer la renovación total; y que esto sucederá con toda certeza.

Toda la historia de los hombres puede entenderse a esta luz. Cuando todo quede transformado se verá claramente quién es la fuente de tal renovación: Cristo volverá
habiendo reunido todo en torno a sí. Por extrañas que hoy nos puedan parecer estas «predicciones», esclarecen diversos aspectos de lo que pretendía Cristo. En primer lugar, aparece claro que Jesús no propone a cada hombre como final un «cielo» como un lugar que cada uno alcanza individualmente tras su muerte. Su perspectiva es distinta: es, en primera instancia, colectiva, orientada a la construcción del universo nuevo de Dios en el que todos podrán, por fin, alcanzar su desarrollo integral, los unos mediante los otros. Existe ya la posibilidad de trabajar en esa dirección porque el Espíritu de Dios ha penetrado el mundo de los hombres. Desde ahora se puede y se debe adoptar los nuevos modos de vivir propios del Reino.

En ese trabajo, el Reino está como en germen y jamás se le puede identificar con una determinada realización humana: está más allá de nuestros más bellos proyectos: aun éstos tienen siempre necesidad de salvación. Y la historia nos lo demuestra hasta la evidencia: ¡cuántos crímenes cometidos en nombre de los más bellos ideales!

Finalmente, estos textos nos dicen que la victoria de toda la humanidad es segura, tanto a nivel de cada hombre como a nivel del universo en su conjunto. La muerte puede inducir a pensar momentáneamente que la victoria es del mal; pero de hecho, si se la vive como lo hizo Jesús, es la ocasión de manifestar la plena confianza en el Padre que es fiel y que conoce los caminos que nos llevarán a todos a una vida nueva.

Los primeros testigos captaron esta perspectiva con una mentalidad fixista: para ellos las realidades del mundo eran inmutables. Para que se diera una transformación era necesario que se produjera un cataclismo radical que hiciera explotar a todo el conjunto: y así lo describen. La destrucción de Jerusalén el año 70, tras la insurrección de los judíos, fue para algunos la señal de que aquello estaba ya próximo, para otros la señal fue la persecución que empezaron a sufrir los cristianos. Hoy tenemos otra mentalidad: y necesariamente el proyecto de Cristo se nos presenta de un modo diferente. Hoy, y cada vez más, sabemos que los hombres pueden construir su destino; sabemos que todo tiene una causa y que podemos actuar sobre esas causas. Certezas científicas y técnicas nos dan la seguridad de que podemos transformar este mundo. La «vuelta» de Cristo no se nos presenta como algo que hay que esperar pasivamente, sino como la meta a la que se orienta el trabajo por la construcción de una humanidad nueva. Construiremos el Cuerpo de Cristo, anhelaremos su retorno trabajando cada día en el alumbramiento del universo nuevo de Dios.

-Organizar el nuevo pueblo de Dios

Jesús quiso desde el comienzo organizar en una comunidad viva a quienes se quisieran poner al servicio de este gran proyecto: no se conformó simplemente con que éste o aquél le siguieran individualmente; él mismo eligió discípulos y les invitó a seguirle. Lucas cuenta cómo les lanzó esta llamada tras una pesca sobreabundante (14): Jesús les había facilitado aquella pesca extraordinaria y les propuso seguir aquel trabajo, pero con hombres y no con peces: reunir a los hombres en el movimiento del Reino será una «pesca» mucho más interesante y abundante. Entonces empieza a formarles para la acción, confiándoles tareas muy concretas: proclamar la Buena Noticia en otros pueblos y ciudades, curar y hacer retroceder al espíritu del mal (15); en una palabra: extender su propia acción (16). Al comienzo Jesús les envía nada más a los judíos (17), pero después de la resurrección les abre la perspectiva de una misión universal: «id, enseñad a todas las naciones...» (18).

Entre todos ellos distingue a los Doce: serán los cimientos del nuevo pueblo de Dios (19): su papel será el de conducirle como lo hacía El mismo, es decir, siendo los servidores de todos (20). Jesús dedica tiempo a darles explicaciones; vive comunitariamente con ellos y se sirve de los pequeños acontecimientos cotidianos para formarles en ese espíritu de servicio. Cambia a Simón el nombre y le da el papel de «roca» (21): deberá ser cimiento sólido y firme para sus hermanos (22)...

En la última cena que tomaron juntos, después de darles a compartir el pan y el vino, su Cuerpo y su Sangre, les manda hacer aquello en memoria suya (23). Ciertamente quería que renovaran aquellos gestos y aquellas palabras, pero sobre todo que renovaran lo que significaban: dad también vosotros vuestro cuerpo, verted vuestra sangre, no escatiméis vuestro sufrimiento por la vida del mundo (24).

Con todos sus gestos, con todas sus palabras, Jesús pone los fundamentos de un pueblo nuevo, con elementos de organización y señales de identificación. Pero aquella comunidad no tomó verdadera consistencia hasta el día en que los discípulos experimentaron que el Espíritu de Jesús habitaba en ellos: habían recibido el aliento, la fuerza y el fuego de los que vivía Jesús. Sumergidos en este Espíritu, renovados desde el interior, fueron entrando cada vez más a fondo en el proyecto de Jesús: y consagraron toda su existencia a comunicar y llevar a todos la buena Noticia. Sabían que todo había quedado en sus manos. Todavía hoy este impulso hacia el Reino es lo único que puede sostener a la Iglesia.

Para seguir reflexionando

Jesús fue juzgado y condenado a muerte: durante su proceso se le acusó de muchas cosas: ¿quería ser el Mesías, el rey de los judíos? Fue el motivo de la condena de Pilato, que mandó se pusiera en la cruz: «Jesús de Nazaret, el rey de los judíos» (25). ¿Quería Jesús presentarse como el Hijo de Dios? La respuesta que El mismo dio a esta pregunta encolerizó al tribunal judío y le encaminó a la muerte (26). ¿Quería destruir el templo como manifestaron algunos testigos poco dignos de crédito? (27). Vamos a intentar responder a estas cuestiones y así podremos conocer mejor el proyecto de Jesús.

-¿El salvador supremo?

¿Quería que le reconocieran como el Mesías, como el rey de los judíos? Es decir, ¿quería identificarse con la esperanza de un Mesías-Rey que venciera a los romanos invasores y formara un reino judío? (28); en el mejor de los casos ¿los demás pueblos serían invitados a integrarse en él, si adoptaban las prácticas judías?

Cuando anuncia la absoluta proximidad del Reino de Dios, Jesús se expone al peligro de que se le entienda en esa clave: ajusta su paso a la esperanza inquieta de todo el pueblo. Pero lo hace de un modo extraño: en primer lugar, no se afirma claramente como el Mesías: cuando alguien lo proclama ante El, le exige silencio (29); jamás da alas al nacionalismo judío; trata, por el contrario, con gentes sospechosas como los samaritanos (30); reclama amor para los enemigos (31). Además, en vez de apoyarse en las fuerzas sanas de la nación, en los que han dado pruebas de su fidelidad a la causa de Dios como los fariseos, los zelotas y otros grupos fervorosos, va en busca de los ignorantes, de los pecadores (32), de gentes en connivencia con los ocupadores (33); ¡curiosos métodos, en verdad, para instaurar el Reino puro y exigente en que se soñaba!

Jesús muestra con claridad que se trata de otra cosa: reducir su Reino a la dimensión política, a un pueblo, a una categoría de personas, es lo contrario de lo que El quiere. Quiere un mundo en el que Dios con toda su potencia de vida y amor, pueda hacerse cercano a todos; pretende que una sangre nueva riegue toda la realidad entera para darla nueva vida (34). El Reino de Dios es Dios hecho vida de los hombres; es el punto final a un mundo insensato: los oprimidos liberados (35), los pecadores perdonados (36), el sufrimiento eliminado (37), se acabó la muerte (38), ya sólo queda una permanente resurrección, nuevas relaciones entre los hombres, se acabaron los primeros y los últimos (39), los amos y los esclavos (40), sólo compartir, hacer fiesta, tener una alegría exultante (41). Jesús quiere lograr que todos estén disponibles para acoger esta novedad del Reino (42). El Reino de Dios, lejos de ser dimisión de la necesidad de crear un pueblo humano, dejándolo todo en manos de un Mesías-Rey, justo y bueno del que se pueda esperar todo, es una llamada a construirle, llamada dirigida a cada persona, a cada grupo humano, a cada ciudad. Que ante el amor del Padre que se muestra tan cercano, cada cual invente un «sí» portador de un amor que le renueve por completo, a él y al mundo del que cada uno es responsable.

-¿Hijo de Dios?

¿Quería que se le reconociera como Hijo de Dios? Muchos en aquella época pretendían que este título correspondiera sólo al Emperador de Roma. La mayor parte de las veces consistía nada más en que el tal emperador imponía su voluntad sin explicaciones, exigía señales de respeto, de veneración y adoración verdaderamente humillantes. A eso se añadían, por supuesto, buenas ofrendas y regalos de todo tipo, plata, oro. La llegada de este «Hijo de Dios» señalaba, se decía, el comienzo de una edad de oro, cosa que era muy verdadera sobre todo para él, claro está. Estos modos de proceder eran insoportables para la mentalidad judía: para ellos Dios era el Totalmente-Otro: nadie podía arrogarse su representación (43). Jesús, perdonando los pecados (44), estableciendo reglas distintas a las de la Ley de Moisés (45), se mete en el terreno reservado a Dios. Sin embargo, no se vislumbra en El señal alguna de explotación y de dominio (46): reconocer que Jesús es Dios no consiste en curvarse bajo la ley, sino en acoger el poder divino para renovar, para ponerse en pie y vivir en plenitud (47). En Jesús muere la imagen de un Dios cuyo poder consistiría en aplastar al hombre. Jesús nos da a conocer a un Dios, amigo de los hombres, que goza viendo liberarse a la humanidad (48) y que pone a disposición de todos su Espíritu para que puedan desarrollarse plenamente y puedan convertirse, también ellos, en hijos de Dios. Dios no necesita esclavos que estén de rodillas ante El, Dios quiere encontrar ante El personas con las que pueda entablar un diálogo de amor. Para Jesús ser Hijo de Dios no es cubrirse de privilegios, sino trabajar por animar a todos a convertirse, con El, en hijos de Dios.

-¿Destruir o construir?

¿Quería, en fin, destruir el templo (49) y todo lo que significaba? Algunos testigos levantaron su voz en el proceso de Jesús, para manifestar esta acusación: sabiendo lo que representaba el templo como poder económico, político y religioso, no nos puede extrañar que la gente espigara cuidadosamente las palabras y actitudes de Jesús referentes al tema. Cuando Jesús arrojó a los mercaderes del templo proclamó que se convertiría en casa de oración para todas las naciones, dijo algunas palabras ambiguas: El podía reconstruir en tres días aquel templo, y daba con ello argumentos a sus adversarios. Pero la cuestión era otra bien distinta: para El destruir o reformar el orden antiguo no significaba nada. El venía a crear novedad (50).

Por eso desde el comienzo establece las bases de una nueva manera de reunirse; cuando escoge a sus discípulos, no asume nada de la antigua estructura religiosa: entre los Doce no hay sacerdotes, todos son gente común y corriente (51). No son hombres del culto, sino enviados en misión y llamados a dar su vida (52). Son los cimientos de una comunidad fundada sobre la llamada permanente de Dios y sobre la libre respuesta de cada uno. Ni ellos ni la comunidad nueva tienen privilegios que reclamar: ellos y ella están al servicio del Reino, como Cristo que lava los pies a los suyos como un esclavo (53). Su papel será el de preparar a toda la humanidad para que sea capaz de recibir la renovación. Se pasaba de una comunidad formada por la pertenencia social, y vuelta sobre su pasado, «los hijos de Abrahán», a una comunidad abierta, de libre elección y vuelta hacia el mundo entero y hacia el futuro del Reino (54).

¿Qué resultados quería obtener Jesús?

No es fácil responder, pues Jesús no se expresó claramente sobre esta cuestión. Pero eso mismo nos da ya una pista. Jesús no vino a darnos un catálogo de respuestas prefabricadas. Al contrario: en la narración de las tentaciones vemos que rechaza la imagen de un Dios que dispensa al hombre de buscar, de crear y de vivir. Todo en El es llamado a la responsabilidad, a la creatividad colectiva y a la liberación.

Jesús quiere que los seres humanos vivan con mayor plenitud; quiere que el mundo sea más humano. Para ello nos sitúa ante su Padre; nos enseña que el secreto de este mundo está en una Persona, en un Amor (55). Toda esta masa de átomos, estas constelaciones innumerables, estas especies infinitas de animales y de plantas, estos miles de millones de rostros humanos que ya vivieron o vivirán, todo esto no tiene más que una explicación: el Amor; quien se adhiera libre y voluntariamente a ese Amor encontrará la alegría perfecta (56). El proyecto de Cristo es poner a cada hombre, a cada grupo humano, a cada generación, en presencia de este «Padre» de forma que juntos puedan inventar un Mundo Nuevo. Cuando los seres humanos colectiva y libremente, digan sí a este Amor, la creación entera estallará de alegría (57). Para acelerar esta reconciliación que transformará las gentes y las cosas, Jesús anuncia el Reino y simultáneamente funda la comunidad de los convocados: tal es el sentido de la palabra «Iglesia»: convocados y enviados en misión de reconciliación universal (58). Con las palabras y a través de las realidades de su tiempo, Jesús levanta el velo del plan de Dios. Las primeras comunidades fueron profundizando su mensaje: encontramos las huellas en los Evangelios. Sobre todo Pablo y sus compañeros se esforzaron en comprender el proyecto que Jesús quiso revelarnos: sus cartas testimonian sus profundas reflexiones al respecto. También hoy mujeres y hombres estamos invitados a profundizar en el plan de Dios en función de las realidades actuales invitados a crear colectivamente las condiciones precisas para su realización, invitados a vivir, ya ahora, de la esperanza de su éxito.

Citas

1. Me 1,36-39; 3,7-8.
2. Me 2,7-10; 3,21.
3. Mt 11,28-30.
4. Le 10,13-16; Mt 23,37-39.
5. Mt 13,24-30.
6. Le 13,6-9.
7. Jn6,15.
8. Le 17,22-37.
9. Jn 18,36.
10. Le 12,51.
11. Me 13,30-31.
12. Me 13; Le 21; Mt 24,141.
13. Me 13,14.
14. Le 5,1-11.
15. Me 6,12-13.
16. Le 9,14.
17. Mt 10,5-6.
18. Mt 28,18-20.
19. Me 3,16.
20. Me 10,42.
21. Mt 16,18.
22. Le 22,32.
23. Le 22,19.
24. Jn 1315.
25. Jn 1819.
26. Mt 26,63-64.
27. Mt 26,61-62.
28. Le 24,21; Mt 20,21; Hech 1,6.
29. Me 3,11-12.
30. Jn 4,1-42.
31. Mt 5,44-45.
32. Le 19,1-10.
33. Mt 9,9-13.
34. Mt 26,28.
35. Le 4,18-19.
36. Jn 81-10.
37. Jn5,9.
38. Me 5,39-42.
39. Le 13,30; Le 14,7-11
40. Mt23,8.
41. Mt22,2.
42. Le 13,10-17.
43. Jn 5,18.
44. Me 2,7.
45. Mt5,21.
46. Jn 13,13.
47. Jn 10,10.
48. Le 10,17-22.
49. Jn 2,18-22.
50. Me 2,20-22.
51. Hech 4,13-14.
52. Jn 15,16-20.
53. Jn 13,15.
54. Mt 8,10-12.
55. Jn 17,1.
56. Jn 15,15-17.
57. Jn 16,20-23.
58. Colosenses 1,20-21.